[A la portada de Ciberayllu]

Tres poemas

Antonio Bou

Bou - Poes´┐Ża
 
 

Sobre ti y las rosas

El hermano sencillo
Como música de los cielos que canta la alondra

Esta mañana. Sol de ocupación inmóvil
En las persianas de la casa húmeda
Con cáustico movimiento acompasado
Tú en tus nubes perladas y tus grises
Despertando incautos amores
Y dirigiendo la marca de los tiempos
En metálico y afilado pasatiempo.

Hermano de las lunas crecientes y los sagrados
Plenilunios, brillo también en rayos
De naciente, nave sin espesor en las penumbras
Crípticas del amanecer huyendo de qué o de cuál mirada
Que te cansa y te pierde la vista
Encontrándote nuevo en algún paraje
Doncella por lo inhóspito, puro por lo escondido
Dejando pasar vilmente el negro tiempo
Como esclavo de las composturas y energúmeno
De sus propias sombras.

Ah, pequeño, pequeño como tórtola rota
Temeroso de redes invisibles, de minas
Predispuestas para quebrar los nidos
De los últimos niños alados del planeta
Oh, sombra ineludible adolescente
Piernas largas de pájaro atrapado
Apolo de la Australia, Narciso indefinido
De los Andes, reflexivo efebo
De los espejos tántricos del Titicaca
Tu curso acongojado en muecas de sonrisas
Lo he seguido discreto.

No encuentro entre los vasos de tus formas huidas
Más que aromas confusos de flores moribundas
Gabriela en cristalinas jarchas astillosas
Minerva en subterfugios virginales
Necia Leda, Brunilda cataléptica, y fogosa
Adriana, urraca maldita del pantano
Reinas que anidan en mis balcones que dejó la lluvia
Recubiertos de lamas incandescentes
De aquel verde rosal de eternidad en tus labios
Lejanos entre paños de seda.

Ah, te encuentro como tantas veces
Transformado en ti mismo
Esperado en las rondas de los astros
Joyel de las bacantes, doncel de luto
Novia de los zorzales, me confunden
Tus tranquilos reflejos, los cifrados
Lamentos del amor en tus encías
Al chocar los dientes.

Así, olvidados, sentados a la mesa
De fortuitos manjares indigentes
Sabemos que el amor se resquebraja
Dardo imposible de ondulaciones, serie
Dolorosa en recónditos dulzores
Hacha impaciente que destronca rápida
Verso gélido en capilares circulantes
Piel que arde, ojos rematados de espinas
Ah, la forma, el camino de mi almohada
Como una palabra sin sentido en tus sábanas.

Mas descubrimos que la guerra no ha muerto
Que ya no sale el sol, que las enmascaradas virtudes
Se pasman ante el desfile de las enfermeras
Cuántos heridos y la sangre no cesa de correr
Cuántos muertos, y los médicos agostan en tendidos
Y los jurisconsultos se alargan la vista
Y los árboles ya no frutan
Y tus ojos lemniscos en secular carrera
Amontonando cruces en el cementerio
Que se nos cruzó como ala
De ave de paraíso, cola de sirena,
Sombra larga, sombra de cada esquina doblada
Y registrada en impensable lecho
En tu cuerpo presente, sencillo hermano
de eternales rosas.


Estación Narciso

        «Choro por Narciso porque, todas as vezes que ele se deitava sobre minhas margens eu podia ver, no fundo dos seus ohos, minha própria beleza.»

      Si hallar un río que corre
      Un libro que se arruga

      Página tras página al recorrerlas
      Ya tu voz perseguida
      Si hallar nubes de argento
      Si no encontrar más paso

      Que de tus enemigos
      Danza de motivos perlados
      De onda malva, de vacío
      De olvidos encantados
      De miserables saltos por dañarte
      La voz de arcángel vivo

      En los pies descalzos
      Heridas manantiales y nuevos
      Feroces recorridos subterráneos
      Narciso, ya regresas
      Veo tu anaranjada refulgencia
      En la lineal ventisca

      A la luz zodiacal de la montaña
      Presiento la explosiva
      Dirección de esas sombras
      Que chispean los designios
      De tus nuevos nombres y tus viejos
      Consonantes, tu marcha con fulgores

      Tu irte, tu llegarte a los recónditos
      Jardines de sauces disecados
      Y plásticas hediondas y chicorias
      A viciosos del vino jornaleros
      Y soplados mozalbetes que empinan
      En las calles sus voces al caer

      De las veraniegas golondrinas
      Venga, venga a su vez la nieve
      Como grito conspicuo luminoso
      Gire el planeta en contrario
      Invierta el eje de la tierra sus polos
      A tu voz milenaria ultrasonido

      Mala estrella y malos asteroides
      Mal ruedo, mala máscara
      Mal suplidor de elixires fantásticos
      Mal repartidor de ponzoñas
      Mal acompasador, infernal, calle
      Demiurgo abanderado con banderas pardas

      Repulgo de larvas fosforescentes
      Demonio de corrientes acaudaladas
      Pocilgas, estercoleros, mataderos
      Bulas, permisos, sangre, ya, silencio
      Y horas para medir y exactamente
      Barrenar los estratos del cielo cuando llegas

      Quiero, quiero rendirme
      Entregarme a tu flama cautivadora
      Para cauterizarnos y dejar
      De ser viento y guajana, de ser hombres
      De ser hijos del mar maldito
      Y del sol en veneno envanecido

      Destructor de muros jalonados
      De iglesias, palomares y de grutas
      Surtidoras de acuíferos espantos
      Pronosticados cataclismos
      Hojas secas, lluvias torrenciales
      Diluvios terminales, otoño, nada

      Queda nada más que el asfalto
      Para caer desnudos ante tanta gloria
      Tu triunfo, amor delirio después
      Del sacrificio, resurrecto
      Ave fénix, galeoto, Polifemo
      Mira el lago que recuperamos

      Mira el río cómo hacia él corre avasallante
      Danzando sus perlados motivos
      En diamantinos meandros; escucha el trueno
      Ruge aquel animal intervenido extraño
      Aúllan las mujeres al solsticio
      La fe se encarna en aguas

      Distendentes se aproximan
      A centellas cristales que recogen
      En faldas ese mar que se interpone
      A la altura de tu pecho
      Oh, enamorado mismo de nosotros
      Vives, llantos y salvas

      Cuéntenos la belleza amarillos girasoles
      Riegue la primavera, y avecillas
      Tan sutiles del campo, y negras mariposas
      Niño de nuestros mismos anhelos
      Premonitorias vayan en reflejos cóncavos
      A estación Narciso.


Cartas a Eurídice

    No sé, amada, si habrá
    otro remitente

    Con fuego tan de ardores invisibles
    Recogido en la nieve de este viaje
    Postrero de ademanes y fórmulas

    Consabidas claves e indiscretas
    Escalas peligrosas
    Tras espejos cuando bajo a encontrarte
    Entre tantos libidinosos brazos
    Condenados a vagar la sombra

    Te saludo afable aunque es sabido
    Que ya por muerta o perdida
    Te deshice; sabes que no fue nada
    Despojarme de tu piel
    De sándalo en la cúspide

    Ni que me hirió saeta, ni tu espina
    Se clavó en mi esternón con rabia
    Ni tu cárcel se cerró impenetrable
    Cuando te dije que nada importaba
    Más que tus lágrimas de oro y pedernales

    Y tus rayos de nácar
    Y tu angustia de vino
    Y tu aliento de primavera grácil
    De violento verdor entre mis labios
    Como fresa de juventud florida

    Como en tus dientes perlas
    Como en tus besos soñados
    Un infierno profundo como el mar
    En que perderte; mas ahora
    Que vuelvo por recuperarte

    A los tétricos presidios que te amparan
    En el abarrancadero eterno
    Ahora que me permiten concentrarme
    En pasos por esta cuerda que sostengo
    Peligrosa danza de incoherente balance

    Y no mirarte y en tus penumbras
    Virginales no esconder mi temeroso
    Corazón de los mundanos placeres
    Grieta roja del fogoso Hades
    Eurídice, planicie por do corro

    Como un loco estando siempre en tus brazos
    Desde que te fuiste; recupero
    Tu sosegado armazón
    De vestal agrietada por su propia mentira
    Cuando la verdad la recoge en cestos

    Amargos todavía frescos
    Fruto de tu doliente no extenderte
    Como adagio sentido por los fúlgidos
    Valles de planetas gemelos con mil lunas sedientas
    Ah, mujer cruel y cruel destino

    El nuestro y el del otro y el del cruzado azogue
    Y el de los reflejos acuosos
    Y el del final que nos acosa
    Y el del dispar metafórico sonido
    De las trompas de muerte

    Y los platillos de bronce
    Que chocan y nos ciegan miserables
    Y se beben la savia de los lirios
    Pero ya te alcanzo
    A ver si sin mirarte me respondes.

© Antonio Bou, 1999, antonio7@coqui.net
Ciberayllu

Más literatura en Ciberayllu

125/990419