Migraciones

Jorge Frisancho

[Ciberayllu] Viajas en tus palabras
Y tus palabras viajan

Rodolfo Hinostroza

 

1

Ha de ser el animal lo que camina
sobre esta millonésima, indiferente al paso
y sin embargo infinito, detenido en sus emociones
—emociones ambiguas las de una incierta lengua
acostumbrada a nombrar, químicamente, su ceguera
y a ver en el espacio la velocidad
de su propio viaje trasmutado (y trasmutante).

2

Pero no digo nada. Sólo la luz existe, o parece existir
en esa multitud de vibraciones y partículas
dibujando las formas del cuerpo que la rechaza;
pero la luz más hermosa es la que no puedes ver
quizá por eso mismo, o sólo la imaginas
en la evidencia inconstante de sus refracciones
y en la pálida quietud de su desplazamiento:
el tiempo, digamos, es una curvatura
que presiona sus leyes sobre lo real; básicamente
el lomo feroz de una metáfora es el cuerpo
tocado por su ir y venir sin posibilidad, en un espacio neutro
pero modificable, blanco como la página
e idéntico de sí, igual de inerte.

3

Inerte, exactamente: debajo de su sombra (la que vemos)
ninguna fuerza actúa a la distancia
—o la distancia misma, en el bajo tenor de la memoria,
en su suave textura mineral
que hace regresar los cuerpos a los cuerpos
muchos años más tarde, aunque sólo un segundo
se vacía de sus presentimientos y posterga, simultánea, la experiencia
de estar hablando aquí, oscuramente apasionados
por su vuelo, en la intuición de lo que pudo ser
y ya no es, y no es sabido.

4

Aquello no es sabido, en el desprendimiento de las emigraciones:
emigrados y tunantes, descendidos
en el laberinto de las identidades contrarias, en su mísera marcha
apalabrados, con el vago recuerdo de una hora distante
—un ahora distante—
gobernando el movimiento y la correspondencia
precisando las idas, las venidas
deseando los encuentros y encontrando, en su música, el deseo
de lugares fantasmas como islas, de islas abandonadas
y ciudades que se hunden en la mar presente.

5

(El amar presente, sólo un giro verbal en esta lengua,
recapitula las pérdidas y los hallazgos, pero nada transforma;
el pasado, repleto de vacíos, palpita en la violencia de un atardecer,
igual al horizonte, sobredeterminado por su condición).

6

Pero no digo nada.
Ajeno del lenguaje y del silencio, extrañado, otro
sólo espero el retorno, pero en vano, de los idos que son
en perspectiva mis pequeños hermanastros
y así de lejos solamente sombras, éstas, que se dejan ver calladamente
en un recodo del paisaje interior
mientras dura su ausencia. Y dura, pues el ido soy yo
—mordido en otra parte, aterido
pero sin desprendimiento—
y ese paisaje mismo, herido, es mi palabra única en el ciego suelo
y ese ciego suelo mi posibilidad, y luego mi viaje.

7

La palabra taruca, la palabra silente, la palabra duna
me recuerdan sin más de mi distanciamiento y de mi diversión.
Pero dura su ausencia, que es la mía en el inapresable ahora
como en la yunga calma de sus ocasos, como en su geografía
de chalanes hijos y marineras madres, la piedra y el cañaveral
que síntomas socavan, como bocas, al pie de su perpetua hambre
y danzan en los cuatro puntos cardinales
de mi profundo mapa melancólico, falso.
La palabra polícroma, la palabra todavía, la palabra litoral
me hablan desde un espejo sin arrepentimientos
de valles desplazados y pequeños vallejos, de ríos sin refugio, de humedad
que se tiende, como un puente, entre la piel y la piel
y cercena sus maíces fríamente, y los incendia
en secuencia de símiles figuras, en hogueras informes, en pedazos.
La palabra pichón, la palabra entonces, la palabra humareda
se me acercan quietamente desde ese lugar, con intenciones plásticas
y me proponen una equivalencia, no después, jamás ahora
pero aquí, entre los cóndores sentidos y las voces despiertas
en tránsito siempre sobre un arenal, y sin embargo
prendidos a su hueco sueño, porque esas mismas voces se me hacen sombras
y fabrican con el tiempo este paso pasado, este peso fugaz, su arqueología
en negociable tensión, en su descenso.
La palabra comadre, la palabra allá, la palabra oscura
revelan el encierro o la mudanza de sus significados
que son míos, idénticos, si hablo
en el quebrado idioma que ellas mismas nombran y limitan
como cifras agudas, en ángulo violento.
La palabra posible, la palabra tangente, la palabra inmóvil.

8

Pero no digo nada. Lo que esta lengua calla al pronunciarse
es el ácido desnudo de su hora, la fácil erosión de sus memorias y engaños
en el segundo momento del viaje (la palabra viaje)
y la contemplación equivocada de su inútil distancia.
La palabra distancia
ofrece pálidos perfiles al error, a la materia
de su cercana canción y su merecimiento,
ocasionando el idioma que musicaliza y versa
sus barítonos gallos, su asonancia, sus pelados ecos
en un bosque vacío de sonoros signos, de cemento. Es el bosque
y no el árbol quien comanda los efectos, en reverso recuerdo,
y es la suya, múltiple y tenaz, la partícula que escucho silenciosamente.
Ese mismo después impertinente y severo
es el haz de los verbos todavía, su fracaso fijo
a la hora de volver, desconsolados, al semántico terreno de su origen.
Limitados parámetros, palabras, nos lo dicen ahora
en el suave sortilegio de sus inflexiones y sus jugarretas
como si fuera posible acomodar los vocablos
a la hiriente hilera del pasado, a su regreso.
Pero el ido soy yo, repito: pero no digo nada.
Y en esta sombra artera de alejados momentos
se despuebla el idioma, la piel, de su visible hora
y su mapa deshace, y su contorno
en los frágiles azules
de la misma cerrazón con que la enfrenta.

9

(Es el bosque, no el árbol, pero el árbol es cuerpo
y es el cuerpo el que propone los acentos
de su ciega materia en la nombrada distancia,
y es también el cuerpo el que la nombra:
esa ciega distancia es su presente perpetuo).

10

Ha de ser, me digo, el animal lo que camina
en este lado esquivo de fugaces lenguas;
animal migratorio que recuerda silencios
y fragmentos audibles en el sueño tenaz, ya desasido
de toda pretensión comunicante. Ha de ser esta palabra la que quiebra
sus ahoras ardidos todavía, y todavía
en geográficos acasos, el extremo plural de su viaje
su través en el sentido —el viaje mismo
que tenaz, y silencioso,
en la misma palabra continúa.

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