12 enero 2006

Camas gemelas

[Ciberayllu]

Giovanna Rivero Santa Cruz

Fotografía de Kathy S. Leonard

 

Fotograf´┐Ża de dos celdas

 

Un dolor de amor. Quién no lo sabe. Un dolor de amor en las yemas de los dedos. Al contacto se pudrían las manzanas. Todo iba pudriéndose. MTV aullaba por esa época, pero eso no terminaba de darle sentido a nada. Kenneth Bragnah acababa de estrenar su Frankenstein y yo apretaba rewind para ver mil veces el corazón palpitando en la mano del monstruo huérfano.  El tórax roto, una enorme herida de guerra. Me desprendí la blusa para hacer lo mismo: romper la piel del pecho y arrancarme el corazón, quizás comérmelo y eructar estruendosamente, tan sólo para escandalizar a mis padres. A los padres siempre les provoca arcadas el exhibicionismo de los chicos durante el almuerzo. De un lado, un nene jala el yunque del pollito feo, del otro lado, la nena pide un deseo. ¿Me quiere? ¿No me quiere? Un crujir de huesos, eso tan sólo.

Luego decidieron que algo estaba mal, y alguien tenía que solucionarlo.

—Cuando la niña vivía, yo tenía unos pechos como los tuyos —dijo mi compañera de cuarto. Habíamos perdido el pudor por culpa de las chicas de blanco; ellas disponían de nuestros cuerpos como de un edredón al que hay que sacudir todas las mañanas para espantar los ácaros. Una excentricidad. En el fondo, yo hubiera querido que me arrancaran el corazón, total nos daban comida muy condimentada porque el clonazepam nos había quitado el sentido del gusto.

—Cuando murió la niña —prosiguió mi compañera de cuarto— se me secaron los pechos, y se cayeron. Mira, mira... —dijo esta mujer y se levantó el camisón de franela que le quedaba demasiado ancho y la hacía parecer desquiciada.

Los pezones eran dos flores marchitas vencidas por un duelo antiguo. Pezones tristes. A pesar de todo, del dolor de amor, yo tenía los pezones alegres. Me gustaba usar camisetas blancas para compartir mis pezones. Para mis padres esto también estaba mal. La generosidad de las muchachas nunca ha sido bien vista, las perjudican, decían ellos, y MTV de alguna manera les daba la razón. Madonna no había podido tener un hit tan bueno como «Like a Virgin», todo se pudría lentamente. En algunas partes del mundo, lugares exóticos, los gusanos son un plato caro.

—¿Será que esta noche nos proyectan cine? —preguntó mi compañera de cuarto. El camisón continuaba arrollado bajo el mentón. Una chica de blanco entró con el cóctel de la tarde. A mí me habían pasado a las pepas amarillas, pero mi compañera continuaba tomando de las azules, babeándose en las mañanas y recuperando una especie de dignidad por las tardes.

—Le preguntaba a Gio —le dijo a la chica de blanco— si por la noche nos proyectarían cine. —Pronunció la palabra «cine» con Z, sin intentar sobreponerse a la imbecilidad de los medicamentos.

—Bájate el camisón —ordenó la chica de blanco—. Pareces loca.

Mi compañera de cuarto obedeció y sacó la lengua para recibir las azules. No quiso tomar agua, dijo que el líquido le traía nostalgias del alcohol, que se le aguaba la boca. La chica de blanco le ordenó abrir la boca nuevamente y decir aahhh para comprobar que había tragado la cápsula.

—Ahora te toca a ti —me dijo, su mirada me auscultó a la velocidad de la luz—. ¿Qué? ¿Esto es una fiesta? Ciérrate la blusa —ordenó y me pasó dos perfectos cilindros color pato, de los patos del kinder.

Las amarillas viajaron por el esófago. Viaje sin retorno.

Antes de marcharse con su impecable blancura, explicó que sí, que nos proyectarían cine pero sólo la mitad de la película y al día siguiente el resto, pues otros no soportaban los efectos de la medicación y debían irse a la cama. Ir a la camita. Dulces sueños. Dulces sueños, almas en pena. Dulces sueños para olvidar el dolor de amor.

—Frankenstein —imploré.

—¿Quién? ¿Qué? —la chica de blanco arrugó el ceño. Las chicas de blanco se enojaban con facilidad, era un modo de mantener el orden, de hacer que todos tomaran la medicación sin chistar y estiraran los brazos amoratados para recibir un pinchazo.

—Por favor, alquilen Frankenstein, la historia del hombre parchado —rogué.

La chica de blanco dijo que proyectarían una comedia, ¿acaso no quieres reír? Olvídate de los hombres parchados, todos aquí están muy enfermos.

Finalmente se fue, y mi compañera de cuarto empezó a babear. Esta tarde no había llegado la especie de dignidad. Me quité la blusa, levanté los brazos y miré mis axilas. Los vellos castaños estaban demasiado crecidos. Pasé mi mano derecha por la axila izquierda, eran vellos suavísimos pero no por eso aceptables. Todavía podía darme cuenta. Todavía el dolor de amor no había derrumbado los buenos modales de mis axilas.

—La niña ya no chupaba, pero los pechos se me secaron igual —dijo la mujer que había dejado morir a su hija. Uno deja morir a los hijos, los encierra en clínicas de reposo con los brazos extendidos recibiendo torrentes de haloperidol, desenfocando el techo, tropezando las caderas contra las paredes, dibujando hematomas en las muñecas porque un invisible sádico te ha dicho que no te ama. Las encías te sangran: las chicas de blanco jamás te ayudan a cepillarte los dientes. Esta mujer había dejando morir a su hija.

—Quiero depilarme —dije. Todo lo que yo quería en el mundo era depilarme las axilas. Un poco de esa especie de dignidad.

Hay un lugar que no quiero visitar. Francia debe ser horrible, todos tan apestosos. Cuando era niña soñaba con ir a Disneylandia, es probable que la hija muerta de mi compañera de cuarto también hubiera soñado con ir a Disneylandia. En Disney, dicen, subes a la Montaña Rusa y levantas los brazos para gritar mejor. Yo quiero gritar como en las publicidades, sin nadie que diga: ¡mira, te han crecido los vellos!

—Puta, lo único que quiero es depilarme —repetí.

Por las mañanas me despertaba temblando. Transpiraba y la brisa fría secaba el sudor bajo las sábanas. No recordaba dónde estaban mis manos para jalar el edredón y abrigarme. Las chicas de blanco cerraban con llave las puertas para que las almas en pena no intentaran escapar. Las pesadillas estaban perfectamente apiladas en las habitaciones.

Una noche soñé que Frankenstein era mi novio. El invisible sádico que aseguraba no amarme. Ámame, mi amor, ámame aunque sea un poquito. Frankie sonreía sin culpas. Frankie se había prestado un espíritu y yo no sabía de quién. Frankie no sabía si debía amarme o sólo cogerme con el pito implantado de algún otro sádico invisible. Desperté gritando. Grité hasta que las encías volvieron a sangrar. Las chicas de blanco vinieron con sus agujas y su impecable disciplina. Dormí dos días. Las pesadillas se apilaron de nuevo en algún remoto lugar de la mente.

—¿Rasurarte o depilarte? —preguntó mi compañera de cuarto. Le gustaba hacer precisiones. Igual, en las camas gemelas, el tiempo era algo que se podía dilapidar. Si alguien no te ama, puedes soplar los segundos como burbujas de detergente, disparar las burbujas por toda tu existencia. Nada va a lastimarte, las burbujas no hieren, explotan silenciosas y apenas humedecen las superficies.

—¿Tienes una pinza? —pregunté. Estaba segura que mi compañera de cuarto no tenía una pinza. Esta mujer tenía cuarenta años y podía ser mi madre. Las madres nunca tienen las cosas que verdaderamente las hijas necesitan. Una pinza, por ejemplo.

—No, pero puede servir un cortauñas. Mañana nos cortan las uñas. —Decía «uñas» con Z al final. La saliva empezaba a traicionarla—. Pero mejor sería con una gillette, ¿verdad? —dijo. En la tarde, la dignidad se hacía lenta, las palabras se alargaban.

—Sí, mejor sería con una gillette. ¿Tienes una? —pregunté. Las burbujas reventaron en el techo. Nadie que durmiera bajo llave podía tener una desechable. La vida te niega esas pequeñas cosas. Pero a veces te las da. Al final del pasillo, un chico de trece veía personas muertas, lo espiaban por entre las rejillas del aire acondicionado y le hacían caras. Si alguien te hace caras, respóndele. Lo cambiaron a una habitación con ventilador de techo, entonces se puso a dar vueltas como en un carrusel.

—No, pero escucha, Gio, podemos hacer un trato. —Los pactos con ella, eso no puedo negarlo, funcionaban. Esta mujer me pedía los algodones empapados en alcohol que las chicas de blanco dejaban después del pinchazo. Esta mujer saboreaba esos algodones como si se tratara de caramelos. A cambio, a veces me agenciaba una pastilla de las azules y yo podía amar a Frankenstein con sólo cerrar los ojos.

De fondo, desde alguna habitación, escuchamos llorar. Uno de nosotros tenía una pataleta. Pronto irían las chicas de blanco, solícitas, comedidas, disciplinadas hasta el asco, a inflar sus venas con haloperidol.

—¿Un trato? No estoy segura —dije. Pero imaginé que también podría hacer un álbum de figuritas en mi pubis. A Frankie le gustaría.

—Yo consigo la gillette, supe que van a dar de alta al de la cinco, dicen que ya no tiene insomnio, que duerme como un angelito. El de la cinco es mi amigo —dijo «cinco» lentamente, con la Z que entorpecía nuestra amistad, eso que podía llamarse amistad, esos saludos roncos, «buenos días, Gio, ¿soñaste con tu hombre parchado otra vez?», «buenas noches, señora, evite soñar con la nena, en el fondo, ella es como Freddy Kruger, todos los monstruos son iguales, no sueñe con la nena». Eso era amistad.—El de la cinco prometió darme algo de despedida. Puedo traer la gillette. Vas a estar contenta con la gillette —dijo.

—Y quieres a cambio unos copitos de nieve... —sonreí. El brazo izquierdo empezó a dolerme y recordé que tenía que bajarlo. Los vellos castaños seguirían ahí al día siguiente.

—No. Sólo quiero pedirte un favor —dijo lentamente. Los ojos le brillaron como los de un ratón sorprendido a medio camino entre la cocina y el comedor.

—Un favor...

—Déjame tocar tus pezones. —Dijo «pezones» sin esfuerzo. La imbecilidad empezaba a ceder, las burbujas parpadeaban sobre las camas gemelas.

El llanto de la habitación lejana se volvió un quejido. Las chicas de blanco ya habían hecho su trabajo.

—Y mañana vas a tener la gillete —dijo mi compañera de cuarto—, te lo prometo.

—Una gillette no es mala idea —contesté —. Una gillette puede salvarte la vida.

—Y sacarte de este infierno, no tragar nunca jamás las píldoras de estas malditas zorras —dijo ella, dominando la estupidez de la Z, estirando las manos hambrientas hacia mí, como un fantasma amistoso que te desea lo mejor. Lo mejor de lo mejor.

La dosis de amarillas me hizo el efecto de siempre: un mareo placentero, una aceptación de las cosas, el fin de las cosas. Me acerqué y levanté los brazos como había visto que Madonna hacía, que Frankie hacía, que Kruger hacía, cuando todo estaba perdido.

Sus ojos de ratón brillaron. Un paso, dos pasos. ¡Tres pasos entre las camas gemelas!

Yo, todo lo que deseaba el mundo era depilarme las axilas.

* * *


© 2006, Giovanna Rivero Santa Cruz, Kathy Leonard
Escriba a las autoras: riverosantacruz@hotmail.com, kleonard@iastate.edu
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Para citar este documento:
Rivero Santa Cruz, Giovanna: «Camas gemelas. Cuento», en Ciberayllu [en línea]


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