Cuadros para una novela improbable

Narración a presión y por entregas

 
Ciberayllu

Domingo Martínez Castilla

 

 

 

5. Monólogo de Blas

 
  Yo ya no soy el mismo, pero soy, soy poeta y salgo en las antologías. En pocas palabras, considero que. No, no considero nada. Sólo que la mayor parte del tiempo estoy contento de lo que hago. Leo. Leo y vuelvo a leer lo que me gusta. Por las tardes de los viernes voy a encontrarme y a conversar mucho. Es necesario conversar, porque la única forma de escribir bien es estando con escritores. Por lo menos en mi caso. Entre otros no sucede así, pero entre los poetas sí. Y son los menos, los menos. Claro que no sé aún por qué escribo. Me gusta, y a algunos les gusta que yo escriba. ¿Será mi poesía algo relevante? ¿Tendrán razón quienes dicen e insisten en que todo lo que el escritor escribe es para comunicar algo a alguien? No, no creo que lo que yo hago sea utilitario. No creo. No quiero poner límites a lo que es mi creación. El arte ya no es aquello. Si uno que lee mis cosas percibe arte en lo que yo hago, y entiende todo lo que escribo, mal rayo lo parta. Me importa un bledo. Son huevadas, claro. Y no me asusta. Quienquiera puede leer lo que yo escribo: no le temo a eso. Basta querer escribir para querer hacerlo bien. ¿Y el lector? Pues que lo acepte o que lo use como le dé la gana, en los estantes o en el baño. Vivir, actuar, actuar, vivir. No hay diferencia. No. Quiero en este instante. Instante. Instante ahora e instante siempre. Este instante es mi mayor lugar común. Presentismo. Coyunturalismo personal. Viva mejor este instante con 100 Pipers. Quiero escribir sobre Eros, sobre ese pequeño gusano que llevamos al que no podemos detener ni controlar. Tengo que hablar con alguien. No basta que me lean. Deben escucharme. ¿Y qué mejor si es en el recital póstumo? En el averno-chifa, claro, donde todos toman, tomamos, café y coca cola, y fumamos y gritamos y a veces cantamos músicas agonizantes. Los ruidos de la calle son extraños, llenos de gritos y apuros y de cosas que quieren vender. Gritos de obreros en huelga, risas de chiquillos quinceañeros, un marido borracho gritando a su mujer que lo lleva casi a empujones mientras con la otra mano arrastra, casi colgando, a un pequeño que se queja sin llegar a llorar. Nadie entre ellos sabe que yo escribo, que escribimos y que somos poetas. Nadie entre ellos entiende qué es escribir poesía, si bien más de uno puede repetir Volverán las oscuras golondrinas de tu balcón sus nidos a colgar sin reparar en que un hombre de carne y hueso se sentó frente a un papel, hace mucho tiempo, y escribió esas líneas. ¿Cuántos libros de poesía se venderán en el Perú? ¿Y cuántos se quedarán sin venderse nunca, en los depósitos de librerías e imprentas, o en cajas cubiertas de polvo en los rincones donde viven sus autores? Cuarentaicinco libros he vendido en ocho meses, y habré regalado otros cincuenta. Quiero escribir también sobre los ruidos de la calle, pero quisiera que los ruidos me digan cosas sabiéndolo, para que después se reconozcan en mis palabras. O sobre la historia de los ruidos de la calle, que a veces se filtran a las mesas donde pasamos tánto tiempo. O sobre quienes de mil maneras, casi siempre sin saberlo, encauzan esa historia convocando a los ruidos, las quejas, los vivas y los mueras, los cómpremes, baratito, joven, no sea malito, para irme. Mundo simple y mundo enredado, dependiendo de la hora y de la gente. Tendré que mudarme a algún lugar con una ventana que dé hacia una luz que no hay en Lima, donde haya una mesa y una máquina de escribir, y un florero largo y delgado con una rosa roja que se estirará sobre las rumas de papel, y estantes de pared a pared con libros leídos, señalados, digeridos. No. Creo que debo decir otras cosas. ¿Por qué me tiene que tocar a mí el discurso? Pues porque dije que sí. ¿Y por qué demonios dije que sí? Todos callados, cumpliendo el deber de estar presentes, y yo que dije Sí, yo puedo hacerlo. Homenaje a un poeta de veintidós años. Recital póstumo. Suena a años veinte. Bueno, a intentarlo de nuevo: Yo ya no soy el mismo, ya estoy muerto, hubiera escrito nuestro amigo poeta si es que estuviera acá hablando de sí mismo, engañando a la muerte sólo para hacernos oír su voz calmada, pastosa, y en el rostro esa media sonrisa que la timidez disfrazaba de sorna. Va bien. A sentarse, que si sigo echado las palabras se me caen.  

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