Las navidades de Hegel

Cuento

[Ciberayllu]

Antonio Bou

 

Querido Lucas:

Aquí te van tus felicidades merecidísimas y las de los otros que ídem. Entre nosotros, el mar, siempre evitando que caigamos al vacío. O quizás que resurjan los continentes perdidos. Mientras, no pasa nada que merezca ser contado.

Sólo te diré que te me pareces a Julián, que en verdad no sé quién es, pero que filósofo, según se alega, y hay días en que habla de cine como crítico fino. Aún reconociendo que en ciertos círculos están prohibidos los chistes étnicos (en el de él, sin lugar a dudas), otras veces me mira y me pregunta cómo acomodaría cinco desaparecidos en un Volkswagen. No respondo ni añade nada, me pide luz para un cigarrillo que se fumará a hurtadillas detrás de la única columna que puede encubrirlo del maitre, o su equivalente, en este seudofriquitín.

Mesa Julián, del verbo mesar, unas diez o doce mesas a la vez. Va al ritmo de un pasodoble, o de una polca vieja, y a veces sufre ataques del mal de caérsele las cosas, romper vasos y jarras, jódete patrón, y esas movidas que hacen los meseros que se queman para ganar lo suficiente, al menos en propinas, para mantener a la prieta que les da el masaje luego de dieciséis horas seguidas de mesar, intransitivo, creo, por lo que no la barba.

En esos tiempos, a Julián, que si no me equivoco acaba de cumplir los 21 años el pasado 21 del anterior, le tiemblan las manos y para construir un B-52 derrama Khalúa, Bailey´┐Żs y Grand Marnier sin piedad, concentrando (o intentándolo) un ojo azul sobre otro ojo azul, porque perdió los contactos y olvidó las gafas. Se excusa y no te lo cobra, el o los B-52, hasta que no le quede bien, que es nunca, con lo que no se emborracha, sino que tú sí, y acabas dándole, porque te da pena, el equivalente en propina, que en inglés se llama TIPS, que algunos traducen como para mejorar el servicio público, i.e., To Improve Public Service. Tal juran los mismos que se sacan de la manga el fornicar bajo el rey Carlos, o Fornication Under Charles the King, i. e., FUCK, que a los americanos e ingleses les parece tan bonito, mira nada más a Hugo el Grande o Hugh Grant, al que la prieta lo metió en aquel feo lío que salió en la prensa.

De regreso al buen Julián que no la pega y la pega con los B-52, anteayer estaba yo de pie dándole la espalda, mientras me cobraba la señorita que suplía de cajera y... sentí un golpe en medio de la espalda. Me había lanzado Julián toda una gran jarra de sangría, llenita, que me dio con el culo, el culo de la jarra, y cayó como corresponde y se hizo trizas o añicos, e hizo un gran charco color sangre arterial con pedazos de hielo y de manzana y otras frutas de credo afín.

Para colmo de colmados, el Julián del que te cuento, metió la mano para evitar que la jarra me diera en mitad de la espalda, como si se hubiera arrepentido de lanzármela en un principio, (si no clasificáramos éste como accidente con similar origen al de las borracheras con los desparramados B-52). El caso resulta que se cortó y echaba sangre. Además de ayudarlo, (porque uno se pasea entre los humanos aunque exista la posibilidad de que hayan querido asesinarlo una noche antes de la Nochebuena), a recoger los vidrios y a secar el charco, me vi en la de tener que darle los primeros auxilios, buscarle una curita y decirle dame acá la mano, por pasarle agua oxigenada con una gasa.

Al pasar la gasa, me descubro que hay dos o tres astillitas de vidrio clavadas, y no me queda más remedio que probar la sangre por primera vez, con lo que algo vampiro me sentí. Hay que chupar, Julián, le indiqué. Chupó primero, y nada, y díjele, dame acá, que chupo yo.

Ya que no había pinzas ni cosa que se les pareciese cerca, y como las astillas no salían, usé los dientes y, zas, saqué los vidrios, pero rompí algo, una pequeña arteria sería. Sentí un buche de sangre caliente en la boca, que te digo que, y no por causa del exceso en los B-52, sabía agradable y me la comencé a saborear. Que se joda, me dije, y me la eché al esófago como el que se lo da de tequila del bueno.

No salió humo, ni hubo llamarada. Otro mozo le aplicaba una especie de torniquete al pensador, y el charco de sangre del piso lo iban secando otros colegiados con toallitas de papel. Se me metió entre ceja y ceja pedirles las toallitas impregnadas de aquel licor tan reconfortante, pero no lo hice.

Julián ya se curó hoy lunes de Navidad, a mí me dura la borrachera, porque la seguí y la seguí y la seguí. Espero no haberme tragado las astillas de vidrio y que se me rompa algo por dentro, el corazón, por ejemplo. Tampoco deseo particularmente volver a beber sangre, ni de Julián ni de nadie. No, no me envicié con el vampirismo, aunque, como decía mi abuela, siempre hay una primera vez, a lo que añado: y te chichan.

Abrazos, besos discretos, chupadas de dedos con vidrios incrustados y gratitud por tanta felicitación, a ti y a todos, o a todos y a ti, para que no se espante el del corrido. Recibe mis mejores deseos para estas fiestas, que apenas comienzan en esta isla de festejos. Entre ellos, uno negativo: que no te tiren con una jarra de sangría, ni a ti ni a ninguno. Y otro positivo: que si pides o piden un B-52, por casualidad si te da o les da por ello, que se lo hagan derechito y sin desperdicio. Supongo que Julián, si se lo pidiéramos abiertamente, compartiría estos mismos envíos, aunque todo un Hegel, por así decirlo.

Adjunto, si las consigo en tiempo prudente, una canción de Navidad y una estampita de san Miguel Arcángel, bueno para estos casos.

Feliz Navidad.

Hugo


Comentario privado al autor: © Antonio Bou, 2000, antonio7@coqui.net
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