¿Héroes o delincuentes?
Discurso disciplinario, juventud popular y leva militar en el conflicto entre Perú y Ecuador

[Ciberayllu]

Eduardo González Cueva

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1. «Guerra a la violencia»:
Las barras bravas y el mal salvaje

El conflicto con el Ecuador nunca llegó a motivar manifestaciones patrióticas masivas en las calles de Lima: de hecho, cuando la gente de la calle era entrevistada para programas periodísticos, la idea más repetida era la de que el conflicto como tal era completamente absurdo y que debía terminar lo antes posible. Los limeños querían continuar con su vida normal. Uno de los elementos de la rutina limeña que no cambió por el conflicto fue la realización semanal de partidos de fútbol profesional. De hecho, el 11 de febrero, sólo unos cuantos días antes de que Fujimori declarase unilateralmente el cese al fuego, dos de los equipos más populares —Universitario de Deportes y el Sport Boys— celebraron un partido «amistoso» en el estadio de Universitario, en el distrito de Breña.

Lo que sucedió en el partido, en cuanto hecho deportivo, fue bastante pobre si hemos de creerle a los principales cronistas del hecho, los periodistas deportivos: el equipo visitante venció por el mínimo score de uno a cero al local en un encuentro de características técnicas menos que discretas. El verdadero match se libró en las tribunas y alrededor del estadio: aparentemente, un grupo de seguidores del club visitante no alcanzó a comprar entradas y empezó a arrojar piedras desde la calle hacia el interior del recinto, en un gesto de asedio simbólico al fortín enemigo. Los hinchas locales respondieron agrediendo a los visitantes que se encontraban en el estadio y a los jugadores. Pronto, la gresca se generalizó en las tribunas, un jugador cayó herido por una piedra y el árbitro decidió dar por terminado el encuentro. En este momento, cientos de hinchas saltaron las mallas —llamadas no por casualidad «de contención»— que separan el campo de juego de las graderías y empezaron a golpear a los jugadores visitantes y a los periodistas, que tuvieron que ser protegidos por los jugadores locales. La violencia se prolongó por varias horas más en las calles aledañas al estadio, con turbas que se enfrentaban entre sí o atacaban a la policía.

En los días que siguieron, mientras los editoriales lamentaban el conflicto armado con Ecuador y proclamaban la voluntad pacífica del Perú, las páginas deportivas exigían que las autoridades desataran una «guerra a la violencia» (LR). Mientras los reportajes del campo de batalla describían el heroísmo de los soldados peruanos que realizaban «tomas por asalto» de posiciones ecuatorianas, las páginas deportivas describían paralelamente el episodio del estadio en el mismo lenguaje:

«...una jauría humana vestida con camisetas cremas (distintivas del club Universitario de Deportes) tomó por asalto (...) el estadio Lolo Fernández y convirtió lo que debió ser un simple partido de práctica entre Universitario y Sport Boys en un pretexto para dar rienda suelta a sus desvaríos.» (Diario El Comercio -EC. Salvo cuando se indique, la descripción de los hechos de violencia en el estadio de Universitario se ha tomado de este diario.)

El «asalto crema» fue descrito en detalle por los periodistas y la manera en que éstos describieron a los hinchas responsables de la violencia es paradigmática de la construcción de la imagen de la juventud delincuencial. El clima de caos que se vivió en el estadio no sólamente recorrió las tribunas: un periodista relata que vio, al pasar por los baños, cómo «un trinchudo hincha era sacado a empujones del baño de mujeres por una señora que llevaba a su hijita» Y agrega que «El desvergonzado sólo atinó a saltar, arengando incoherencias, y los mirones a reír.»

En las tribunas, el enfrentamiento entre los hinchas de los equipos desborda las tribunas populares y amenaza los espacios de privilegio: «La violencia dio vuelta por todas las tribunas. Sur, donde se ubicaron los radicales, estaba extasiada. La siempre privilegiada gradería de Occidente fue bañada por una lluvia de piedras».

En un determinado momento, la locura que había ya tomado baños y tribunas se extiende al campo de juego mismo: «...descamisados hinchas de Universitario escalaban las deterioradas vallas que separaban las tribunas del campo de juego...». Su comportamiento es comparado al de «animales en busca de su presa». La violencia se generaliza y los policías presentes no atinan a contenerla por estar totalmente superados en número y no contar con los medios —represivos— suficientes: «Apenas cuatro policías rondaban, entre asustados y confusos, el perímetro de aquello de lo que (sic) alguna vez fue gramado (...) Con palos de escoba en la mano, estos indefensos miembros del orden pretendían contener al grupo de desalmados...»

Finalmente, es obvio que nada puede detener la furia de los hinchas y éstos se apoderan de la zona del estadio, haciendo retroceder a la policía. La violencia que se vivió en las calles aledañas es fotografiada y descrita como una «guerra»:

«El sector popular y la fuerza del orden se encuentran cara a cara. Todo desvocó (sic) en violencia. El efectivo no logró controlar a estos hinchas a pesar de sacar su revólver. Los vándalos, en su mayoría jóvenes y chiquillos, siguieron avanzando y la guerra se instaló en la calle de Odriozola»

Para algunos periodistas, el incidente hubiera podido evitarse con mejores medios represivos: «cuatro policías no pueden controlar a esta jauría con un palo de escoba». Otros, avanzan «...la necesidad de contar con una legislación especial que castigue a los autores de la violencia» (LR) y la posible «...instalación de cámaras de televisión en las barras, la infiltración de policías para detectar a los revoltosos (...) el concurso de barras que premiará a la de mejor comportamiento...» (LR). El presidente de la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional añadió que las barras deportivas habían sido «infiltradas» por delincuentes que vendían drogas y alcohol a los hinchas, provocando la violencia.

La juventud delincuencial

El siguiente cuadro puede ayudar a resumir algunas características de la imagen de los jóvenes violentos presentada por el relato periodístico:

Identificación de clase

Clases bajas: «sector popular», tribunas «populares».

Identificación racial

Mestizos: «trinchudos»[4]

Identidad de género

Fuertemente masculinista: desvergonzados que agreden a las mujeres en su intimidad.

Moralidad

Salvajismo, incapacidad de reprimir sus pulsiones.

Los jóvenes son una «jauría», su violencia es animal, comparable a la de la bestia salvaje que va «en busca de su presa». Han perdido todo control moral sobre sus «desvaríos», y no son capaces de expresar razones, sino solamente «incoherencias» que son arengadas saltando y riendo. Pero lo que podría ser descrito como una escena carnavalesca es descrito como una batalla: una «toma por asalto», alrededor de un «fortín»; un enfrentamiento entre el «sector popular» y el orden. No hay forma de argumentar con ellos, sólo estrategias de control de las que serán responsables las instituciones represivas: infiltración para conocer la estructura interna de los grupos, filmación secreta, mejor armamentización de los agentes de control, una estructura jurídica adecuada.

 

Fines de semana de fútbol y violencia

Es útil preguntarse, sin embargo, si las propuestas de control de la multitud juvenil pueden ser materialmente ejecutadas por un aparato policial cuyas prácticas son intensivas en «trabajo» antes que en medios tecnológicos. Un partido de fútbol «adecuadamente vigilado» implica la implementación de un operativo masivo que moviliza a miles de policías. Barreras de policías a pie se ubican en las principales calles que conducen al estadio exigiendo la presentación de boletos a los hinchas que se acercan. Carros rompe-manifestaciones se pasean por los alrededores asegurando que los grupos rivales no se encuentren: esto es posible porque las distintas barras se ubican tradicionalmente en diferentes tribunas cuyo acceso se hace por calles distintas. La policía montada vigila las «colas» de hinchas que esperan para ingresar al estadio y embisten las aglomeraciones que rompen la línea de uno en fondo que debería ser la «cola».

En las puertas del estadio, el control policial se hace más violento: bastonazos y gritos son utilizados contra los hinchas. Quien se queja recibe un golpe o es sacado de la «cola» y condenado a correr hacia el final de la misma para empezarla de nuevo. Con gestos amenazadores, los policías espantan a los niños que —sin dinero para comprar un boleto— intentan escabullirse entre la multitud que ingresa al estadio o que le piden a los adultos que los hagan ingresar como si fuesen «tío y sobrino». La mayor parte de las veces, estos niños no logran su cometido y forman grupos que esperan alrededor del estadio hasta que, a mediados del segundo tiempo del encuentro, las puertas se abren y el control de boletos se levanta[5]. La avalancha de jóvenes y niños que ingresa al estadio en estos momentos es conocida como «la segundilla».

Una vez en el estadio, cada hincha debe presentar su boleto dos o tres veces y es cateado por la policía, que utiliza no sólo sus manos en esta tarea, sino también los dolorosos bastones de goma (lo que los periodistas llamaban «palos de escoba»). Cualquier objeto que pueda ser arrojado al campo de juego o incendiado es confiscado (esto incluye las baterías de las radios portátiles y los periódicos deportivos). Cada tribuna es rodeada por un cordón de policías en traje antimotines y el campo de juego mismo es rodeado por unidades acompañadas de perros de ataque y provistas de escudos para proteger a los jugadores de posibles agresiones del público. Cualquier actitud violenta detectada por la policía es «disuelta» en el acto y sus autores son arrestados, si no logran escabullirse entre la multitud.

Al terminar el encuentro, policías blandiendo bastones de goma y haciendo sonar silbatos forman un cordón que va empujando a los hinchas hacia las salidas. Si el partido se realiza en el estadio nacional, los hinchas que caminan cerca a los vecinos edificios del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas o la Residencia del Embajador de Estados Unidos reciben vigilancia adicional de los miembros del ejército o de la policía que prestan resguardo en dichos lugares, lo que no pocas veces implica balazos al aire. Todo este operativo de violencia legal es contestado con acciones de violencia ilegal y burla: alcohol, drogas y fuegos pirotécnicos se introducen clandestinamente al estadio, restos de comida se arrojan contra los policías distraídos, la captura de un hincha perseguido se obstaculiza con pifias y protestas, se lanzan slogans agresivos.

Fantasías de control tecnológico y realidades de control brutal

No existen medios de control más sofisticados: pese a la siempre repetida promesa de «filmar a los cabecillas» de los grupos violentos, la policía no ha sido capaz de hacerlo. En las contadas ocasiones en que un policía se ha acercado a las tribunas con un aparato de video, la lluvia de proyectiles que lo ha recibido ha hecho imposible la filmación de los rostros —por lo demás enmascarados o pintados— de los barristas. El sueño panopticista de un estadio supervigilado por cámaras que identifiquen a cada «revoltoso» y que controlen a las masas se viene al suelo por la absoluta pobreza de medios técnicos de las fuerzas represivas y su incapacidad para usar los pocos medios que tienen, como no sea la violencia física directa, que —en alguna ocasión— ha dado lugar a heridas o muertes como consecuencia de balazos.

La geografía de control que la policía establece esporádicamente en torno a los estadios es episódica y superficial cuando se compara con la territorialización de la ciudad de Lima por los grupos de hinchas de los distintos equipos de fútbol que —armados de pintura— marcan con graffitti las principales calles y monumentos, estableciendo zonas y re-nombrando áreas.[6] Los muros de Lima, de este modo, han visto la sustitución de las antiguas «pintas» de partidos políticos que reivindicaban para sí el control de ciertas áreas, por las nuevas marcas territoriales de los grupos juveniles desprovistos de todo discurso político institucionalizado.

La persistencia de fantasías tales como la filmación de hechos violentos no está relacionada con la real posibilidad de tales medios técnicos de represión. El panopticismo paupérrimo de la policía peruana haría sonrojarse a Foucault: lo que importa es la legitimación de las formas reales de control (violencia física directa) a través de la discusión «técnica» de formas de control avanzadas para masas juveniles que han sido discursivamente construidas como primitivas e irracionales.

Violencia discursiva, control y manipulación

La reificación del sujeto juvenil es un acto de violencia simbólica que hace posible la violencia física. Los mecanismos territorializados de control de las masas juveniles, la infiltración de la estructura organizativa de los grupos, la brutalidad policial contra sujetos concretos, son «normalizados»: la represión se hace comprensible porque el sujeto juvenil se reifica como irremediablemente violento e irracional. La delincuentización de la juventud popular justifica su control y manipulación por parte de micro y macro-agencias del poder: el padre de familia, la escuela, el centro de trabajo, la policía y —ciertamente— las fuerzas armadas.

Ahora bien, ¿qué decimos exactamente cuando decimos «control y manipulación»? Las siguientes líneas nos dan una idea exacta:

«Yenuri Antonio era futbolista. Jugaba por el club 7 de junio y era un delantero fogoso, intrépido, con gran visión de gol. Era hincha del Alianza Lima y solía juntar sus propinas para ir al estadio cada vez que jugaba el equipo victoriano. Cuando no podía pagar sus entradas, conformaba la «segundilla», esa nerviosa y apremiante legión de aficionados que entra gratuitamente a los estadios en los postreros momentos de los partidos de fútbol.» (LR)

Yenuri Chihuala —el niño héroe— iba al estadio y se confundía con la «segundilla» que ingresa a las tribunas populares para arengar a sus ídolos, con —probablemente— «incoherencias». Durante esos fines de semana de fútbol, posiblemente supo de las carreras y los gritos, de los policías a caballo y de los carros rompemanifestaciones. Tal vez, su conocimiento de la violencia de los uniformados fue actualizado cuando fue emboscado, junto con otros jóvenes en una calle de su distrito, por una patrulla del ejército que lo embarcaría en un viaje que sólo habría de terminar con su muerte en un hospital del norte del país. El mismo hombre joven, pobre y mestizo —que podría haber sido descrito en un contexto como formando parte de una «jauría» de «delincuentes» a la que es necesario controlar con instrumentos mejores que «un palo de escoba»— terminó siendo descrito en otro contexto como un «joven heroico», «abnegado», «ejemplar», a quien se le debiera dedicar un monumento. La construcción imaginaria de una juventud pasional y violenta es parte del mecanismo de control que permite instrumentalizar a la juventud concreta, enviarla como carne de cañón al frente y convertirla en juventud heroica y sacrificada: héroes, desaparecidos, mutilados de guerra.

 
Notas
[4] «Trinchudo» es una manera oblicua de significar una clasificació racial y estética. Los «trinches» se son una manera despectiva de referirse al tipo de cabello que se imagina propio del indígena andino.
[5] En Lima, las puertas de los estadios permanecen abiertas durante todo el partido como medida de seguridad, en el caso de que los asistentes tengan que evacuar las graderías. Esta medida se adoptó desde la llamada tragedia del Estadio Nacional, en 1964. En aquella ocasión, un incidente en el campo de juego fue respondido por la policía arrojando gas lacrimógeno a las tribunas. En el pánico que siguió, una estampida de gente que huía del gas fue frenada por las puertas de hierro cerradas del estadio. Más de 300 personas murieron aplastadas frente a las puertas o pisoteadas por la multitud.
[6] La violencia de las barras de fútbol y su organización interna han recibido la atención de sociólogos de la Pontificia niversidad Católica del Perú. Ver Panfichi, Aldo (ed.) Fútbol: identidad, violencia y racionalidad. 1995.

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© Eduardo González Cueva, 1998
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