Mensaje del kuraka

Primero de febrero del 2002
[Ciberayllu]
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La asimetría persiste. Se hace más grande. Más trae más, siempre más, para pocos; para muchos, menos trae menos más, y, para los más, menos menos. La economía es más confusa que las frases anteriores. La brecha aumenta.

En América Latina, por más o menos doce años, se ha ido educando a la gente en que no hay más dios que el neoliberalismo puro, y a quienes no estamos de acuerdo se nos ha mirado como a infieles, y cada vez que hemos objetado se nos hizo callar a punta de ruido. Los profetas abundaban: aún abundan: que si no aceptas la privatización de todo, la mercantilización de todo, el precio a todo, eres poco menos que un infeliz. Hoy todavía insisten, a pesar de los muertos y las cacerolas en Argentina, a pesar de las crecientes tasas de mortalidad infantil y de pobreza, a pesar de todo, te quiero a pesar de todo.

Le llaman globalización, y para muchos de nosotros han convertido este concepto —que podría ser tan hermoso— en una mala palabra, pues lo consideran sinónimo de un capitalismo que nunca ha existido en los países capitalistas: no hay control de los inversores (pero sí de los trabajadores), todo se tiene que privatizar, nada detiene el flujo de capitales de los países pobres a los ricos (pero sí el de los trabajadores que lógicamente quieren seguir la misma ruta), y muchas otras cosas más que, por un arte nada mágica, siempre resultan en darle más a quien más tiene y muy poquito a los que menos tienen.

Vivo en una ciudad donde la electricidad la provee la ciudad misma —no una empresa privada—, al igual que los servicios de agua y desagüe, y todos funcionan muy bien. Las escuelas son públicas y gratuitas y funcionan muy bien. Los servicios de transporte público, si bien escasos, son fuertemente subsidiados y funcionan muy bien. En casa escuchamos la radio pública financiada con contribuciones del gobierno y de los radioescuchas. Los agricultores de los alrededores de la ciudad saben que, si las cosas van mal por el clima o los mercados, el gobierno les dará una generosa mano, e incluso les suele pagar para que no siembren algunos productos. Y el gobierno regula muy fuertemente las cosas que se venden en los mercados, desde frutas hasta medicinas. Una ciudad nada especial en el centro de los Estados Unidos, país abanderado del capitalismo. ¿Por qué se pretende hoy que lo que funciona y siempre ha funcionado tan bien por acá sea anatema en los países más pobres: en nuestros países? La pregunta es casi retórica, pues resulta obvio que quienes se han favorecido del neoliberalismo a ultranza en nuestros países no son los más pobres —¡y en muchos casos ni siquiera nuestros compatriotas más ricos!—, sino los capitales extranjeros a quienes se ha vendido las empresas del estado a precio bobo, por lo general compartiendo el botín con nuestros propios gobernantes encargados de vendérselas. Por supuesto que hay muchos que han creído la prédica del jihad neoliberal, y aún creen en ella, porque muchos entre nosotros necesitamos creer en algo.

Ése es, pues, el resultado del experimento neoliberal: un abismo económico que aumenta cada día, una nueva clase política corrupta y abusiva (pues sabe que su tiempo sólo puede ser muy breve), una casi criminal destrucción de buena parte de la infraestructura de servicios sociales y, más allá, agresiones nada veladas contra las instituciones locales de solidaridad y ayuda mutua, aquellas que cumplen el rol de seguros de desempleo, de salud y de vida en comunidades más tradicionales.

No es este apurado comentario una diatriba en contra de los mercados, y mucho menos de la globalización en su sentido más humanista: es más bien una protesta contra el «falso dilema» al que se viene refieriendo nuestro buen amigo Óscar Ugarteche hace ya varios años. El hecho de que el socialismo real se haya ido al suelo, suele esgrimirse como el principal argumento histórico para dar carta blanca al capitalismo desbocado: aprovechando la confusión ideológica que la caída del paradigmático muro de Berlín causó entre muchos seguidores de ideas socialistas —quienes, independientemente de lo acertado o no de sus, vuestros, nuestros objetivos históricos, funcionaron siempre como oposición ideológica efectiva—, los defensores del neoliberalismo coparon todos los espacios políticos, los medios y, sobre todo, gritaron sin desparpajo que sólo había un camino y que ellos eran los guías ineluctables.

Hay poca gente, entre la que conozco, que cree aún en la validez de los rígidos esquemas de la izquierda pre-caída-del-muro, y las respuestas programáticas a este «capitalismo salvaje» aún no tienen perfiles definidos, pero eso no significa que no haya respuesta: sólo que la búsqueda recién empieza.

(Compuse para ti, América Latina, hace unos dos años, un par de sonetos que he compartido con alguna gente; a pesar de que los consideraré siempre incompletos, vale la pena decirlos ahora que tu lucha ya empezó:

Sonetos a la utopía
(Versión caminante y arcadiana)

Quiero hacerle el amor a una esperanza
Y entresacarle entonces la lujuria
Que oculta mal, poniendo en la balanza
Su inasequible ser contra mi furia.

Evitaré el defecto de la incuria:
No la heriré con verbo ni con lanza,
La guardaré de la pasión espuria
Que, innecesaria, se presenta mansa.

La tomaré del pelo, enamorado,
La besaré en el cuello inexistente
Para que mire al cielo despejado.

Habré de protegerla de la gente
Que, predicando el fin de lo pasado,
Complácese con todo lo presente.


¿De quién saber si hay un camino cierto?
¿Existirá esa ruta tan buscada
para arribar al olvidado puerto?
¿O me estaré cegando con la nada?

Está el amor por ella: vivo o muerto,
He de llenar mis horas de la amada,
De la Utopía, para quien mi huerto
Reserva el área mejor, la más cuidada.

Ahora te quiero, utópica y sencilla,
Desnuda y tenue, falaz y verdadera:
Ayúdame a matar la pesadilla.

Estira el brazo, como si ala fuera,
Para que juntos corramos esa milla
Que nos separa mutua, bella Espera.


Son tuyos, estos sonetos, América Latina, para siempre.)


Iniciamos bien el año 2002. Por un lado, los temas más persistentes en Ciberayllu, como son los asuntos andinos y los estudios sobre literatura peruana. Y por otro la creación poética esta vez proveniente de escritores nuevos para nuestras páginas.

El detallado trabajo de César Ángeles sobre el humor en la poesía de César Vallejo es particularmente relevante por dos razones: la primera es el contenido mismo, que rescata a un Vallejo alegre de los parámetros supuestamente trágicos en los que suele encasillarlo la crítica tradicional y la cultura popular; y la segunda es que, a pesar de la presencia permanente de Vallejo en la poesía peruana y latinoamericana, éste es la primera entrega vallejiana en los más de cinco años de Ciberayllu.

Rodrigo Montoya, incansable luchador por los derechos indígenas en el Perú y en América Latina, envió un importante documento sobre la cultura y el poder, que es una propuesta hacia la constitución de autonomías políticas para las naciones indígenas en el Perú.

Luego de dos meses, vuelven las entregas poéticas a nuestra publicación. Primero, unos poemas que desde el Cusco nos envió José Antonio Cruz Ampuero, en los que dice de sus temores y sus amores en esa hermosa ciudad que poco a poco va haciendo suya.

Y luego, desde Guinea Ecuatorial, el único país de habla castellana en África subsahariana, el poeta Juan Tomás Ávila Laurel comparte, con los lectores latinoamericanos de nuestra revista, cuatro poemas de versos universales sobre el amor, la historia y el duro presente.

Damos también la bienvenida a Miguel Rodríguez Liñán, escritor trujillano, chimbotano, peruano, que escribe en Francia, y que debuta en nuestras páginas con una crónica sobre el retorno de un amigo suyo a la hermosa Cali de Colombia.

José Luis Rénique, siempre siguiendo muy de cerca todo lo que pasa y se escribe en el Perú, comenta con amplitud cuatro libros de ensayos y artículos sobre el gobierno autoritario de Fujimori y su rasputín Montesinos.

No va a ser fácil mantener este ritmo de publicación, pero trataremos.

Domingo Mart´┐Żnez Castilla
dmartinez@missouri.edu
Kuraka editor de Ciberayllu
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