EL (POCO DISCRETO) ENCANTO DE LA BURGUESÍA

Distancias sociales y discursos legitimadores en el Perú de hoy

[Ciberayllu]

Juan Carlos Callirgos

 
 
«No sé qué es la justicia, pero la verdad me
interesa; no la verdad en general, si la hay,
sino la verdad de las cosas particulares.»
La piscina de los ahogados
ROSS MACDONALD
 

A falta de voces que opongan resistencia, parece ser parte del sentido común en el Perú de hoy afirmar que caminamos irrefrenablemente hacia la integración y el desarrollo. Luego de vencer exitosamente a los flagelos de la inflación, la violencia política y el aislamiento internacional, el camino hacia el progreso y la modernidad estaría trazado. Por supuesto, aún falta acabar con la pobreza heredada de tiempos ancestrales y que el ingreso de capitales extranjeros derrote al problema del desempleo; pero estaríamos viendo ya la luz al final del túnel, y convirtiéndonos, lenta pero certeramente, en seguidores exitosos de los llamados tigres del Asia.

Tras llegar hasta los cinco dígitos a inicios de la década, la inflación de 1995 fue la más baja de los últimos 23 años Índices inflacionarios como el del mes de febrero de 1997 —0.09%— se exhiben como las mejores pruebas del éxito alcanzado. A su vez, hemos perdido el status de parias ante el sistema financiero internacional, convirtiéndonos una vez más en sujetos de crédito. Las privatizaciones han inyectado ingentes capitales a la economía, y tecnología moderna a los servicios Hacia 1994, nuestras reservas internacionales brutas alcanzaban la friolera de 7,420 millones de dólares: el Estado se vendría manejando de manera eficiente y pragmática, siguiendo los preceptos establecidos por la nueva administración de empresas. Calidad total, planeamiento estratégico y disciplina fiscal son más que simples términos de uso común: se trataría de una manera técnica, moderna, aséptica, neutral, objetiva y apolítica de administrar el país para poner en «orden la casa»: así tendremos instituciones más consolidadas y eficientes, e iremos dando la imagen de un país sólido y confiable.

La violencia política que venía sacudiendo el país —que para algunos otrora se vislumbraba como una guerra milenaria, prácticamente inacabable [1]— habría llegado a su fin. Un aire de alivio y triunfalismo se apoderó de los peruanos una vez conocida la captura de quien se sindica como el causante directo de los más de 25,000 muertos. Desarticuladas sus «insanas» «hordas», volveríamos a ser aquello que siempre fuimos: un país pacífico y tranquilo «El Perú ama la Paz», rezan carteles y calcomanías.

Nuestra imagen en el exterior, definitivamente, se habría transformado. En 1996, según cifras oficiales, nos visitaron más de 600,000 turistas. Buen motivo para la celebración y el festejo: el Perú volvía a ser considerado un país seguro y acogedor, y lograba cumplir los objetivos planteados. No se trata sólo de turistas, pues los inversionistas extranjeros también nos estarían viendo con buenos ojos, mostrándose dispuestos a inyectar su capital salvador, colaborando así con nuestro desarrollo En buenas cuentas, se dice, el Perú es posible.

Estamos apostando a integrarnos al mundo. Las líneas básicas son conocidas y aplaudidas: acabar con la presencia del Estado en la economía y desregular a ésta para dejarla en manos del invisible e infalible mercado. Disminuir el gasto estatal, inclusive en áreas antes consideradas estratégicas o de interés social Integrarse y competir en un mercado global también desregulado, intentando sacar provecho de nuestras «ventajas competitivas». Exportar Disminuir el «riesgo país» para atraer capitales extranjeros Importar la tecnología más desarrollada. La solución a los males ancestrales caerá por su propio peso. Por «goteo» El impacto será lento en las zonas más alejadas de los circuitos mercantiles, y cerrarán aquellas empresas que no puedan competir; pero esos son los costos inevitables de la adecuación a los nuevos tiempos.

En realidad, no se trata de discursos y cifras elaborados maliciosamente desde el gobierno central. Finalmente, el panorama internacional —según nos dicen— estaría mostrando que, salvo el neoliberalismo, todo es ilusión. La globalización económica y cultural avanza inconteniblemente, y de lo que se trata es marchar por el camino de los tiempos, a riesgo de perder el carro de la historia. Paradójicamente en momentos que los nuevos ideólogos declaran que la historia, simple y llanamente, acabó. Ante eso, las diferencias entre gobierno y oposición son más de matices que de asuntos de fondo: para algunos, tal vez se requeriría dar algunos ajustes al programa económico. Para otros, lo criticable del gobierno es su inflexibilidad e incapacidad para el diálogo y la concertación. Sin duda, existen quienes alzan su voz de protesta ante las violaciones contra los Derechos Humanos, y exigen el reencuentro entre ética y política. Pero las líneas generales de apertura, «sinceramiento» y competencia económica permanecen incontrastables. A falta de modelos alternativos —especialmente después del desmoronamiento de los socialismos realmente existentes— , el progreso aparece como uno solo. El evolucionismo unilineal imperante durante los siglos XVIII y XIX, tan vapuleado desde disciplinas como la Antropología, viene reinando indisputadamente en nuestros días Se trata de una carrera hacia una meta ya visible en otros lares: copiar modelos, no resistirse a las leyes invencibles y naturales del mercado, la tierra prometida se avecina. Ante esto, ciertamente, hay poco espacio para la duda y la crítica. La capacidad de denuncia parece haberse agotado. Lamentablemente, también la capacidad de indignación.

Estamos ante tiempos extraños. En los que el propio lenguaje parece perder contenido: se habla de «modernización», de «reestructuración», «reingeniería» y de «planificación estratégica», por ejemplo, para referirse al despido de empleados. «Empresaria» puede utilizarse para referirse a una mujer que intenta sobrellevar su pobreza vendiendo al menudeo en las calles. En el reino del eufemismo, los empresarios —los verdaderos, los grandes— se quejan repetidamente de los «sobrecostos» laborales sin que nadie salga al frente haciéndoles recordar que cuentan con mano de obra extremadamente barata. Con el argumento de que «las calles son de todos», se expulsa a ambulantes que las hacen suyas para trabajar, pero no se prohiben las tranqueras y rejas con las que se privatizan las calles y se tranquilizan los sueños de los moradores de los distritos ricos...

Como remarca el editorial de una revista[2], se trata de un acelerado proceso de trastrocamiento semántico mediante el cual, por ejemplo, los obreros, por ser —supuestamente— trabajadores estables, aparecen como «privilegiados»; un secuestro es una «detención»; y el presidente que echa insultantemente a su esposa de Palacio, aparece luego en la cita mundial sobre Mujer, como «feminista». ¿Se trata de la continuación del tipo de lenguaje imperante durante la guerra, según el cual un asesinato cometido por las fuerzas del «orden» era un «exceso»; u otro cometido por el bando opuesto, un «ajusticiamiento»?

Tal vez lo más paradójico de los tiempos en que vivimos es la casi completa ausencia de crítica. Más allá de los estilos del gobernante de turno, de los escándalos que de cuando en cuando remueven el cotarro político, y del autoritarismo, los temas de fondo no llegan a ser motivo de protesta, denuncia o crítica. El ajuste económico no produjo aquí los levantamientos y protestas que sí se han dado en otros países latinoamericanos. La sensación fue, más bien, que era el inevitable precio a pagar por la futura recuperación. Desde entonces, con organizaciones políticas prácticamente inexistentes, y un tejido social debilitado y desarticulado —consecuencia de la aguda crisis económica, de la amenazante presencia de Sendero Luminoso y del propio desgaste interno—, la capacidad de respuesta ha quedado reducida a su mínima expresión. El neoliberalismo se presenta como verdad científica demostrada e irrefutable, único camino posible para todo país. Como correlato, a nivel personal, se impone el individualismo extremo como medio para subsistir, progresar, o —en última opción— escapar.

Inclusive teniendo en cuenta la reducción de la inflación, pocos son los logros que el neoliberalismo puede exhibir en el Perú. Humberto Campodónico[3] ha propuesto una metáfora sugerente. Para él, el Perú se estaría asemejando a una avenida de dos vías: en una transita la modernidad y el progreso, en otra la marginalidad social y la pobreza. Aunque la avenida es una sola, pareciera que las dos vías estuvieran desconectadas y no tuvieran nada que ver la una con la otra. Una vía es más grande que la otra; y sin embargo, a nivel de percepción, se le estaría prestando atención sólo a la del progreso y el avance. En otras palabras, se acepta que el Perú «se va para arriba».

Si bien las expectativas sobre mejoras en la situación económica pueden variar de manera más o menos repentina, la metáfora de Campodónico —a la que preferiría despojar de las connotaciones positivas que sugieren las palabras «progreso» y «avance»— es útil para entender cuán grandes son las distancias entre los peruanos. Estaríamos pues ante la coexistencia de realidades contrapuestas. Por un lado tenemos el aumento del consumo frenético y sus microescenas: los automóviles nuevos y lujosos, los teléfonos celulares, los restaurantes de comida rápida, los nuevos centros comerciales y de diversión, los novísimos balnearios privados, los casinos, las discotecas y «pubs», los grifos... Por otro el aumento de la miseria y sus macrodramas: la desnutrición, la desigualdad socioeconómica, la mortalidad infantil, el subempleo y el desempleo, el aumento de la delincuencia, la deserción escolar..   La primera realidad es bastante más pequeña que la otra; pero sin duda aparece como más llamativa. Aunque ambas son logros del neoliberalismo, sólo la primera es reconocida como hija legítima. En ella «se reserva el derecho de admisión». Mientras la otra, más democrática, alberga a un número creciente de peruanos. Ninguna de las dos constituye, necesariamente, el mundo feliz; pero su propia existencia —y, además, su aparente inexistencia— debería plantearnos un dilema ético.

De una rápida revisión histórica, se puede concluir que el Perú siempre ha sido un país de contrastes; sin embargo, los últimos años hacen resaltar, más que nunca, los abismos que separan a los peruanos. Mientras a las golpeadas mayorías se les sigue exigiendo sacrificio, y se convierte a la disciplina fiscal en una virtud e imperiosa necesidad; para un reducido sector, éstos son momentos de esplendor y despilfarro. Las élites peruanas han encontrado terreno propicio para el consumo y la ostentación. Se trata, sin duda, de microescenas: los beneficiados son pocos y sus espacios reducidos; especialmente tomando en cuenta el aislamiento en el que se encuentra la mayor parte de las provincias del país. Pero su margen de acción parece ampliarse, y las consecuencias de ese proceso, teniendo en cuenta la cruenta violencia política y sus más de 25,000 muertos, podrían —aunque suene aventurado— avizorarse extremas.

 
Notas
[1] Percepción que hizo, por ejemplo, que Gustavo Gorriti titulara su libro sobre Sendero Luminoso y la guerra interna como Sendero. Historia de la guerra milenaria en el Perú.
[2] Márgenes. Encuentro y debate. No.15. 1996.
[3] Campodónico, H. «Realidad grande y realidad chica». En: Márgenes. Encuentro y debate. No. 12. 1994.
© Juan Carlos Callirgos, 1997
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