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Románticos e idealistas

Texto de la presentación, realizada por el autor, del libro Entre el amor y la furia, de Maruja Martínez; SUR Casa de Estudios del Socialismo, Lima, 1997.

José Carlos Ballón

 
 

Es sumamente difícil para mí hablar sobre este libro. Si no fuera porque conozco a Maruja Martínez por casi treinta años, pensaría que fue por maldad que me pidió participar en su presentación. Está demasiado cerca a lo vivido y me es difícil saber por dónde empezar y, más aún, dónde concluir una evaluación al respecto. Simplemente todavía no he llegado a alguna reflexión concluyente. Sólo me queda pedir disculpas, si algo de lo que digo resulta incoherente o unilateral.

He escogido —casi forzadamente— uno entre centenares de párrafos que me han suscitado reflexiones innumerables, algunas de las cuales quisiera hoy compartir con ustedes. Se trata de un conmovedor diálogo entre dos personajes abrumados y confundidos, que Maruja coloca hacia el final de su libro, en un capítulo titulado «Recordando con ira», título que seguramente con alguna intención, nos remite a muchos a la ya vieja película de Karel Reiz:

«Tenía nuestra misma edad. Y había comenzado como nosotros, hace veinte años. Era otro sesentaiocho. Apostó su vida por un proyecto revolucionario de masas. Y perdió. Uno más de los centenares de desaparecidos... Iba a la sierra central como parte de su trabajo político. Su rastro se perdió en el camino. Sus amigos no tenemos fuerzas para llegar a la verdad. Lo cierto es que pasan los meses y ya no está. Y sus dos pequeñas hijas crecerán sin su ternura. La mayor tiene apenas siete años. Nos odiaba porque sentía que siempre la alejábamos de su padre; conmigo llegó hasta las patadas.

«Emiliano no quiso ir a su casa. Recordando a Javier, y viendo cómo está ahora el mundo, haber sobrevivido parece un castigo, me dice. ¿Te das cuenta de la magnitud de lo que quisimos hacer? Por eso fuimos tan amigos, porque los tres éramos idealistas y románticos incorregibles, como él... ¿Recuerdas que durante la huelga me insististe en que él debería ser nuestro principal objetivo de reclutamiento? Y finalmente él nos reclutó a nosotros... Pero eso tampoco funcionó...»

Tres términos significativos: «románticos», «idealistas» y «no funcionó». Podríamos entresacar dos lecturas de dicho texto. La primera, una lectura idílica y complaciente: se trató de héroes románticos e idealistas que quisieron cambiar el mundo para mejor y fueron derrotados en la batalla.

Pero cabe también otra lectura, sobre todo para un lector enterado del contexto del discurso político marxista en el cual se mueven los personajes: irracionalistas —en lugar de románticos— y dogmáticos —en lugar de idealistas—, que desataron una inexorable lógica, autoritaria, excluyente y jerárquica, cuyas consecuencias necesarias fueron la barbarie senderista, el acomodo oportunista y finalmente, la hecatombe fujimorista. Ellos fueron, a la vez, instrumentos y víctimas de la misma racionalidad cultural de la sociedad oligárquica que querían combatir.

Trágica aporía que parece mostrar toda la obra. Con una agilidad de imágenes casi cinematográfica, muestra todas las facetas, complejidad y densidad subjetiva del problema: el dolor, las penas, las furias y frustraciones, el amor, e incluso el humor —me reí a carcajadas con el «El arresto»— de personajes que se desenvuelven sobre un trasfondo trágico.

No soy un crítico literario, y no pretendo por tanto ningún valor canónico o profesional para lo que voy a decir, pero juro que desde mi temprana y frecuente lectura de El Quijote no había sentido algo semejante.

Desde el mismo título de la obra, se muestra la contradicción que gobierna las posibles lecturas interpretativas que el texto nos sugiere. Por un lado, «Entre el amor y la furia», y por el otro, «Crónicas y testimonio». ¿Qué género es este?: ¿novela?; ¿testimonio sociológico-autobiográfico?

Opto personalmente por descartar la segunda lectura. Puede resultar engañosa y hacernos perder la real importancia de este libro. No interesa si los hechos y los personajes realmente hayan existido o no. Creo que esta falacia referencialista del lenguaje —como un picture de la realidad social o psicológica— nos haría perder el logro esencial de esta exploración imaginaria, en lo anecdótico.

No es que pretenda negar todo carácter referencial al lenguaje, pero sería como reducir El Quijote a una crónica social de cómo la caballería andante no funciona en cualquier forma de sociedad.

En realidad, el libro de Maruja apunta en el sentido contrario. Como surgió en una conversación con William Rowe —quien no sólo leyó el borrador sino que conoció mucho de lo que allí se narra— el libro es como voltear la cámara, algo así como «Ocho y medio» de Fellini. Lo realmente importante no son las anécdotas externas que describe. La linealidad del espacio y el tiempo en la vida de los personajes son rotos a cada momento u ocupan un mismo lugar en distintos tiempos. No hay, presentación, nudo y desenlace. No hay aquellas odiosas y evidentes conclusiones aleccionadoras que caracterizan las tradicionales novelas políticas. Porque la vida sigue.

Tampoco se trata de la subjetividad psicológica o empírica. No se trata de una autobiografía de Maruja Martínez, falacia romántica que busca la clave de un texto en el autor, lo que resulta más peligroso en un país machista como el nuestro, cuando el autor es una mujer. Puede devenir casi en un chantaje represivo como señala el excelente artículo de Carmen Ollé (ver Márgenes N 12). Sería como leer El Quijote como si fuera la historia clínica de un paciente de consultorio que veía los molinos como signos de gigantes. ¿Es acaso más cuerdo ver en un molino el signo de «Molitalia»? En realidad, los signos son partes de un código social. Su verosimilitud es siempre contextual.

Y aquí está la esencia del asunto. Con el libro de Maruja ingresamos al mismo tejido del código cultural contradictorio con que se tejen las relaciones intersubjetivas de nuestra vida peruana.

Con una larga e intensa experiencia política acumulada, Maruja Martínez nos hace ingresar al interior del código social mismo que nos gobierna. No es el militante estereotipado y sin densidad que aparece en Historia de Mayta, por ejemplo, cuya linealidad nos anuncia un final cantado desde el comienzo. Tampoco la lógica de buenos y malos que oculta el código, como en la Autobiografía de Federico Sánchez de Jorge Semprún. Nada está predeterminado, no hay desenlace. Porque en realidad se trata de un código vigente, con el que todavía nos seguimos relacionando. No es por ello un texto de «memorias» acerca de un suceso pasado. No es un libro de recuerdos para añorantes, sino un metarrelato del guión de una obra teatral que, con diversos personajes y algunos cambios cosméticos en la retórica, sigue puesta en escena en nuestra historia política presente. Parafraseando a Borges, podríamos decir, al leer Entre el amor y la furia que «todo sucede por primera vez, aunque de un modo eterno»

Idealistas y románticos, son elementos tal vez encubridores de un código de intolerancia, autoritarismo, exclusión y sujeción. Originados en un mundo provinciano de «servidumbre y otras vergüenzas», del cual provenimos en primera o segunda generación casi todos los actores de la larga historia del radicalismo político peruano.

La lógica real de este código, que muy tempranamente internalizaron en este medio casi feudal y luego proyectaron de manera invertida al país, en su futuro imaginado, no podía ser ciertamente la de una sociedad igualitaria moderna. Su lógica era «voltear la tortilla», como en «El sueño del pongo» de Arguedas. Aquel volante que culminaba con la consigna «¡Abajo los poderosos!», simplemente quería decir «¡arriba los de abajo!». Sólo se cuestiona el orden de los elementos, no la estructura jerárquica misma. Por ello sus personajes, no tienen dificultad en pasar de una retórica a otra con suma facilidad, pues comparten el mismo código social oligárquico: nunca vivieron otro. Éste no genera un discurso igualitario moderno —sea liberal o socialista— aunque use su retórica, sino el discurso de «guerreros y poetas» de un mundo arcaico, casi homérico.

Se trata de un código mesiánico que origina sentimientos de culpa y de misión sagrada. No convencimiento racional moderno, sino iluminación: «Abro los ojos», «Cambio de vida». Es el mismo código dominante, sólo que revestido con la nueva retórica del converso y con nuevos curacas: «El jefe», que exige subordinación absoluta, incluyendo «la sujeción física» —como rezaba un texto senderista— o como nos muestran dos deliciosos capítulos del libro que estamos comentando: «Ahora somos trotskistas» y «Los únicos marxistas del Perú».

Libros rojos, libros verdes, sustituyen en cada momento los viejos libros sagrados y las consecuentes excomuniones de la nueva religión. Los títulos de los capítulos nos eximen de mayores comentarios: «Hugo Blanco no es trotskista», «El aventurerismo sandinista», «¿Periódico para toda la izquierda?». Igualmente los calificativos de excomuniones recíprocas: «Traidores», «revisionistas», «reformistas»...

El código social dominante sólo permite un discurso sin interlocutor. La misma estructura narrativa del libro la transparenta, es casi monológica, o mejor dicho sólo admite una «conversación» vertical de subordinación e intolerancia creciente, porque el que no está conmigo está potencialmente contra mí. No hay individuos autónomos de carne y hueso, porque la sensualidad es pecaminosa; sólo emerge cuando se rompe con estas estructuras grupales, casi al final de la obra.

Este mundo sólo deja un muy pequeño espacio para la comunicación horizontal: el amor y la amistad. Pequeños circuitos de comunicación en los márgenes casi clandestinos del código social. Toda la gama de personajes, conforme se alejan de esta estructura grupal, delinean una sola escalera de sospechas crecientes que va desde los revisionistas hasta la policía. La consecuencia de esta dinámica conduce a una conclusión necesaria: eliminar al otro. Casi sin darnos cuenta nos encontramos de pronto con la guerra y la subsiguiente larga lista de desaparecidos. La intolerancia es la ley.

Sospecho que manipulamos un código cultural o gramática social invisible que imposibilitan cualquier entendimiento intersubjetivo, tanto para consolidar el sistema como para combatirlo. No podemos unirnos o siquiera tolerarnos. Pero tengo la sensación de que no estoy diciendo nada nuevo. Este código social parece muy antiguo. Vale la pena recordar aquí la vieja reflexión de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán en 1781, luego de la derrota de la revolución tupacamarista:

«Las vejaciones hechas a aquellos pueblos no han hecho sino acelerar una revolución que indudablemente habría acaecido de inmediato, si por cualquier motivo se hubiera perdido el equilibrio entre las diferentes castas que componen la población del Perú, cuya recíproca desconfianza suspendía los efectos del descontento y del resentimiento que en cada uno existía contra el gobierno...»

Y como recientemente observó nuestro historiador de la república Jorge Basadre:

«... es difícil ser un sudamericano porque no hay, hasta hoy, código, gramática, decálogo, para orientarlo como tal... Cualquier corriente cultural que tenga vigencia puede ser sentida por nosotros... sabemos absorber con facilidad ideas ajenas, nos inspiramos en las fuentes más variadas, improvisamos admirablemente, y a todo eso solemos darle un aire de elegancia y, en cierto sentido, hasta de originalidad por la mezcla de elementos tan contradictorios... No somos un todo, sino un uno más uno, más uno, más uno...»
  Con autorización de la autora, colaboradora de Ciberayllu, se ofrecen dos extractos de este libro: 
   

© José Carlos Ballón, 1997, 1998

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